El retorno de los profetas escuelas de misterios jose luis caritg clases de cabala barcelona

En el Israel antiguo vivieron los profetas, de los cuales todos hemos oído hablar. Esos grandes hombres desempeñaban una función muy valiosa en la historia de su pueblo. Teniendo en cuenta que en esos tiempos existía una ley que establecía que, en el caso de que el profeta se equivocara en su predicción, sería ajusticiado, los que se atrevían a profetizar estaban muy seguros de lo que decían.

Si en la actualidad nos rigiera un código así, desde luego un poco menos severo, seguro que desaparecerían muchos de estos falsos profetas que tanto engañan y desorientan en una gran diversidad de áreas o temas.

Volviendo a los verdaderos profetas de antaño, cuando profetizaban, cumplían una función que podríamos denominar de “despertar a la sociedad”. Sus relatos, a veces muy dramáticos, alertaban a sus conciudadanos y los advertían de los errores que estaban cometiendo, así como de las consecuencias de éstos, describiéndoles lo que iba a ocurrir, los futuros padecimientos. Generalmente, el verdadero profeta aparecía cuando las cosas iban mal, entendamos por ello, cuando los gobernantes y el mismo pueblo no seguían las directrices de su Gran Ley, su Torah.

La llamada del profeta siempre era un clamor reclamando la rectificación de hábitos y conductas, a escala de cada individuo, pero también apelando a liberarse de gobiernos tiránicos y corruptos. Las conductas erróneas, grandes o pequeñas, se hallaban desviadas en relación a las leyes de bien común que ellos mismos habían aceptado y que debían conducirlos a una sociedad altamente justa y satisfactoria en todos los niveles de su existencia. La historia nos indica que, excepto algunos pocos casos, el profeta no lograba enderezar el rumbo del pueblo y se vivían las funestas consecuencias anunciadas.

El tiempo ha transcurrido y ya no existen aquellos profetas de indudable valor e inspiración en su modo antiguo. Los cosas han cambiado y la realidad es que ya no existen porque, afortunadamente, no los necesitamos. No nos son precisos, porque en primer lugar, nuevos profetas últimamente han desempeñado esta función: los medios de comunicación, prensa, radio, tv, cine de denuncia, periodismo de investigación, etc. Estos son los profetas de la nueva era que intentan “despertar a la sociedad”. Algunas veces, han tenido éxito y las denuncias de los errores cometidos y la advertencia sobre sus consecuencias han sido efectivas. La “voz” del profeta se ha escuchado y “el pueblo” ha rectificado. Pero, al no existir la salvaguarda del ajusticiamiento del falso profeta, éste ha aparecido y se ha adueñado de casi la totalidad de la situación, con la consecuencia de que se ha perdido la capacidad de distinguir lo verdadero de lo falso. La razón de la aparición del falso profeta es bastante evidente y camina en los lindes de la corrupción, el soborno, la manipulación, la desinformación y otros tantos métodos, generalmente al servicio de unos pocos, que conocemos en gran medida.

Pero el profeta siempre aparece cuando el pueblo lo necesita y ahora que los medios han perdido esa capacidad de advertencia y de despertar, ha ocurrido un fenómeno de consciencia completamente nuevo y absolutamente fascinador: la sociedad en general —el pueblo o mejor dicho: la comunidad— se erige como propio profeta de sí misma. La totalidad —o al menos, la mayoría— de la comunidad, ya no necesita de alguien que le dicte lo que es correcto o incorrecto y le indique las consecuencia del estado de las cosas, pues lo puede percibir por sí mismo y lo puede extender y comunicar a todos y cada unos de los otros componentes de ese conjunto global de individuos. El profeta no necesita encaramarse en lo alto de un muro y gritar a los cuatro vientos, ni recorrer el país ciudad por ciudad; tampoco es necesario que el clamor que pide rectificación se exprese en los medios de comunicación. No, ya no, el individuo se comunica con todos los demás casi instantáneamente y lo que perciben unos pocos, los que gozan de mayor claridad de pensamiento y discernimiento, en horas lo percibe la totalidad.

En esto consiste la aparición del nuevo profeta, el profeta de los nuevos tiempos. Con la notable diferencia, que tanto lo distingue de los anteriores profetas, de que su voz sí es escuchada y sí produce rectificación. Lo hemos visto en Islandia, en Egipto, en Túnez, etc.: la voz del nuevo profeta ha clamado y ha sido escuchada y ha producido rectificación. Así es el rumbo de los tiempos. Y sabemos que este profeta renovado seguirá clamando, cada vez con mayor intensidad. Todos podemos ver y oír a esa “voz del profeta” que se habla a sí misma y que lo está efectuando por medio de un fenómeno que constituye el gran paso de los tiempos: Internet y su redes sociales o social media. Ahora, esa voz ya no se puede silenciar, ni eliminar, ni siquiera inundarla por otros falsos profetas porque no surge de un único individuo, ni siquiera de unos medios privilegiados, sino de todos y cada uno de los individuos de la comunidad. El nuevo profeta se dice a sí mismo lo que es deseable para el conjunto de la comunidad, en relación a las leyes de bien común que deben conducir a ese todo a una experiencia altamente justa y satisfactoria en todos los niveles de su existencia.

El propio individuo, en su unión global, se ha convertido en su propio profeta y ahora sí que percibe y sí que quiere rectificar.

Así, podemos decir que, afortunadamente, los antiguos profetas del Israel histórico han vuelto, los tenemos entre nosotros y los podemos ver y oír en el clamor que ahora no grita en el desierto sino en Internet.

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